Oficios que contaban la Sierra: gabarreros, pegueros y otros jornaleros que vivieron el monte

Antes de los fines de semana rurales, la Sierra de Guadarrama era otra cosa. Era territorio de supervivencia, trabajo a la intemperie y oficios desaparecidos que hoy suenan a leyenda. Pero existieron. Y sus nombres aún resuenan en los topónimos, en las historias de los mayores y en las fiestas de los pueblos.

Este es un homenaje a esos oficios que hicieron posible la vida rural en la Sierra. Porque sin ellos, el monte no sería el que conocemos hoy.

1. Gabarreros: los que domaban la montaña

Se les llamaba jornaleros del monte y su misión era tan dura como imprescindible: recoger leña de los árboles caídos, ramas secas y troncos muertos. A veces con mulas, a veces con bueyes. Siempre con frío, con riesgo y con una destreza que marcaba la diferencia entre el jornal ganado o perdido barranco abajo.

Hoy, su figura se celebra en El Espinar cada marzo. Pero durante siglos fueron los auténticos guardianes del monte.

2. Pegueros: los artesanos del alquitrán vegetal

El peguero recogía lo que otros desechaban: residuos de resina y restos vegetales. Con eso, en plena sierra, construía su pezguera y cocía una sustancia negra y viscosa: la miera, usada para impermeabilizar botas, marcar ganado o sellar embarcaciones.

También extraía exudados de plantas como el enebro o la jara, usados para perfumes, medicina o tratar enfermedades del ganado. Puro conocimiento rural, transmitido sin manuales.

3. Vaquero: el pastor que despertaba a todo el pueblo

Cada mañana, cencerro en mano, el vaquero recorría el pueblo para que los vecinos le entregaran sus vacas. Su trabajo: sacarlas a pastar mientras sus dueños se ocupaban de otros menesteres. Era pastor, cuidador y guía, y conocía cada rincón de la dehesa y cada comportamiento del rebaño.

Se le pagaba en especie, y en muchos pueblos, como Canencia, era tan esencial que sus funciones estaban reguladas por ordenanzas municipales.

4. Porquero: el pastor de los cochinos listos

Menos común pero igualmente recordado, el porquero —también llamado marranero— recogía a diario a los cerdos del pueblo y los sacaba al campo, anunciándose con un cuerno. Su recompensa era, otra vez, en productos del campo. Lo más curioso: los vecinos aún recuerdan cómo los marranos volvían solos a sus corrales al caer la tarde. Casi como si llevaran GPS natural incorporado.

5. Dulero: el cuidador dominical de los animales de carga

El dulero era el encargado de sacar a pastar a mulas, caballos y burros los domingos, día en el que sus dueños descansaban. Anunciaba su llegada con una corneta: tocar a dula. Era algo así como el “profe de patio” de una clase de animales de carga que sabían portarse… o no tanto.

Dicen que los burros eran los más traviesos, capaces de desordenar al grupo con juegos y carreras. El dulero tenía que tener paciencia, reflejos… y muy buen humor.

¿Por qué recordar estos oficios?

Porque ayudan a entender cómo era la vida antes del turismo, de las autovías y del senderismo de fin de semana. Porque nombran oficios que transformaron el paisaje. Y porque, si miras bien cuando caminas por la sierra, aún se pueden ver las huellas de una pezguera antigua o un camino gabarrero.