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Tras las huellas de la sierra

El origen de los topónimos más antiguos de la Comunidad de Madrid

Escrito hace

4 semanas

el

Para comenzar esta nueva temporada en “Tras las Huellas de la Sierra” vamos a dar una vuelta por el origen de los topónimos de varias localidades de la Comunidad de Madrid, que, como pronto veremos, es de lo más amplio y variopinto. Muchas de las poblaciones que se integran en nuestra comunidad son antiguas y con bastante historia, y de ello participan en notable medida también sus nombres.

Entre los topónimos de mayor antigüedad, anteriores incluso a la época romana, destacan dos de especial interés, cuya explicación, por lo lejano en el tiempo, es discutida y todavía insegura.

Estos son los nombres de dos importantes poblaciones del sur y sureste de la Comunidad: Aranjuez y Arganda. El primero es un topónimo prerromano, no indeuropeo, quizás ibérico, que posiblemente esté relacionado con la forma arantza ‘espino’, vinculada con el vascuence aran ‘ciruela’, ‘endrino’. Y el segundo, Arganda, menos problemático por su «clara» adscripción céltica, forma parte de la no escasa nómina que contiene la base indoeuropea -arg- ‘claro’, ‘blanco’, ‘brillante’, que asimismo se suele encontrar en hidrónimos por la referencia al carácter plateado y cristalino de las aguas.

Siguiendo con los topónimos prerromanos y más antiguos de la Comunidad de Madrid, hemos de mencionar otro de filiación indoeuropea: Alcobendas. Aunque se ha apuntado una posible etimología a partir de una forma alkevindos ‘alce blanco’, es más probable que se trate de un compuesto de benda ‘colina’, apelativo este de una más fácil aplicación toponímica; su valor podría ser ‘colina de ciervos’.

De esa misma lengua prerromana, pero en referencia a una confluencia de ríos, puede proceder Complutum, nombre de la conocida localidad de tiempo de los romanos, situada junto a Alcalá de Henares. El topónimo no ha pervivido, pero sí se mantiene hoy como derivado en el gentilicio de la ciudad cuna de Cervantes, y, además, en el adjetivo empleado para denominar la mayor universidad de España, la Universidad Complutense. 

La explicación de ese hecho reside en que esta universidad madrileña es heredera de la histórica Universidad de Alcalá, trasladada en el siglo XIX a Madrid y llamada, por ello, ya en la segunda mitad del siglo XX, complutense. La nueva Universidad de Alcalá, surgida modernamente, pero ubicada en el lugar de la histórica complutense, no pudo después ya recuperar el «prestigioso» gentilicio en su nombre oficial.
El nombre de Alcalá, sin embargo, es de origen árabe (ár. al-qal’at ‘el castillo’), y se corresponde con un asentamiento distinto de la población, en lugar elevado, durante el dominio musulmán. Alcalá es un apelativo frecuente que se repite en el nombre de distintas poblaciones españolas, las cuales, por ello, suelen necesitar un complemento toponímico para distinguirse; el de Henares viene dado por el río, afluente del Jarama, que pasa por la localidad.

Otro topónimo de población importante que comienza por Al- es Alcorcón. Conviene advertir de que ese comienzo en Al- no es equivalente siempre de origen árabe; es algo que ya hemos comprobado en Alcobendas, y aquí podemos estar ante otro caso más. En principio, el nombre de Alcorcón, aunque de procedencia discutida, pudo haberse formado a partir de una base -corcu/qorq, derivado del lat. quercus ‘encina, roble’. El topónimo no sería, por tanto, de étimo árabe, pero sí habría recibido la influencia de esa lengua al haber adoptado el artículo Al-. Sería, en definitiva, un topónimo híbrido.

Las denominaciones de lugares habitados que toman como base nombres de árboles no escasean, y, de entre esos nombres, son especialmente prolíficos los de robles y encinas, pues son especies presentes desde antiguo en el territorio hispánico y en esta zona en particular. El Escorial (aesculiale, derivado colectivo del latín aesculus ‘roble’), o Cerceda y Cercedilla (a partir del lat. quercetum/-a ‘encinar’) son otros ejemplos.

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Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: Historia de los Molinos Harineros

Escrito hace

1 día

el

05/10/2022
En El Paular encontramos uno de los molinos harineros de la región

Los pueblos madrileños generalmente se autoabastecían en siglos pasados de pan, un alimento imprescindible entonces mucho más que ahora. En cambio la capital estuvo muchas veces desabastecida a pesar de que bastantes poblaciones situadas a cierta distancia de la corte, estuvieron obligadas durante cerca de dos siglos a suministrar el que se llamó “pan de registro”. 

En 1630, por ejemplo, todos los pueblos comprendidos dentro de las 20 leguas de distancia de la capital, que entonces eran 504, tuvieron forzosamente que aportar allí el número de fanegas semanales de pan que se les asignó a cada uno, de acuerdo con el número de vecinos y las posibilidades económicas que tenían.

A pesar de eso en muchas ocasiones el pan llegó a escasear e incluso faltar en Madrid, como vemos en un documento del Archivo Histórico Nacional:

Esta corte en ocasiones padece mucho con la falta de pan, la qual algunos días por accidentes que sobrevienen, se suele estrechar tanto que a no ser el pueblo español tan paciente y tan fiel, se pudiera temer algún movimiento cuydadoso.

En efecto la escasez de pan en Madrid dio lugar a veces a graves desórdenes. El motín del 8 de abril del año 1699 que produjo la caída política del conde de Oropesa, fue debido a una carestía de alimentos, sobre todo de pan. El de Esquilache, en marzo de 1766, fue una protesta por la falta de pan tras las malas cosechas de los dos años anteriores. 

En los ríos de la provincia de Madrid y en los principales arroyos que desembocan en ellos, hubo antiguamente numerosos molinos harineros. La toponimia nos dice dónde estuvieron situados muchos de ellos. Los nombres de dos pueblos madrileños (Arroyomolinos y Los Molinos) son significativos de la actividad principal a que se dedicaban bastantes de sus vecinos. 

Como curiosidad, a veces la capacidad de los molinos para moler disminuía porque el agua era aprovechada río arriba para regar. Los vecinos de Cercedilla, Los Molinos, etc. empleaban el agua del Guadarrama para regar sus prados y huertos e impedían moler a los de Las Rozas.

Durante el siglo XVIII el número de molinos en funcionamiento en la provincia de Madrid aumentó de forma considerable y a mediados del XIX eran ya “infinitos” según Madoz.

En los años finales de ese siglo y primeros del XX este tipo de molinos fueron desapareciendo paulatinamente al ser sustituidos por otros movidos mecánicamente.

Un molino ayudando a crear El Quijote

En el río Lozoya que atraviesa la Comunidad de Madrid de forma transversal a lo largo de más de 90 km hasta desembocar en el Jarama, se situaba un molino que estaba dedicado a la producción de papel.

Se encontraba emplazado en la finca de los Batanes, uno de los cuarteles -áreas- en las que se dividían las tierras de la orden de La Cartuja de Santa María de El Paular. El batán es un artefacto que transforma tejidos gracias a una rueda hidráulica que activa los mazos que compactarán los tejidos. Estos instrumentos fueron comunes en nuestro país hasta el siglo XIX.

El antiguo molino de papel de los Batanes fue comprado a finales del siglo XIV en la localidad de la Alameda y su primer encargo fue el de serrar la madera que serviría en la construcción del Monasterio de El Paular. Posteriormente, el molino se convirtió en una fábrica de papel al uso. De ésta, se dice que salieron los pliegos para la «editio princeps» de El Quijote o, lo que es lo mismo, la primera edición impresa de la obra que fue realizada en la casa de Juan de la Cuesta en 1605.

Tal fue la repercusión de la obra desde un primer momento que tras el incendio de la fábrica, décadas después, Felipe IV perdonó a los propietarios el pago de los tributos correspondientes. Como curiosidad, apuntaremos que el monarca había nacido el mismo año en el que se imprimió El Quijote. Gracias a este molino, la Sierra de Guadarrama estará siempre vinculada a una historia de leyenda que ha hecho de su protagonista un símbolo universal.

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Tras las huellas de la sierra

El origen del municipio de Alameda del Valle

Escrito hace

2 semanas

el

21/09/2022

El nombre de Alameda del Valle proviene de la unión de un fitónimo y un orónimo. El primero se refiere a los numerosos chopos que crecen en el término formando una gran alameda a la orilla del arroyo de la Saúca. El segundo al valle formado por el río Lozoya. Son topónimos castellanos de la repoblación segoviana.

Aunque existen restos arqueológicos prehistóricos en las cercanías, la historia documentada de Alameda del Valle comienza en el año 1302 cuando caballeros castellanos fundan los quiñones de Valdelozoya y repueblan las tierras de la sierra en un paso más de la reconquista de la meseta.

En ese año las ordenanzas de Segovia dividen el “Val de Lozoya”, como se llamaba entonces, en las cuadrillas de Alameda, Oteruelo, Pinilla y Rascafría y establecen la obligatoriedad para todos aquellos que comprasen tierras a residir en ellas, levantar una vivienda y tener caballo propio.

Entre estas tierras estaban los quiñones, nombre con el que también se conoce a la milicia de cien caballeros que llegaron a estas tierras con objeto de hacer frente a las incursiones de los musulmanes que, tras quedar aislados, se habían hecho fuertes en estas montañas.

El puerto de Malagosto que se ubica al noroeste de Alameda fue durante siglos, vía de comunicación entre estos pueblos del valle del Lozoya y Segovia. En el siglo XIV, el puerto de Malagosto es nombrado en el “Libro del Buen Amor”, de Juan Ruiz, Arcipreste de Hita:

Passando una mañana
El puerto de Malangosto,
Salteóm’ una serrana
Á l’asomada del rrostro:
“¡Hadeduro!”, diz’, “¿com’ andas?
”¿Qué buscas ó qué demandas
”Por este puerto angosto?”

Los Atravesaos

Entre las leyendas más famosas del Valle del Lozoya, se encuentra una que cuentan los mayores de Alameda del Valle. A los habitantes de este pueblo se les conoce comúnmente como “los atravesaos”, aunque realmente el gentilicio es alamedanos. Es curioso que una población con tan solo 198 personas en su censo, logre conservar sus historias y leyendas con el paso del tiempo, pero el Valle del Lozoya es un vivero inagotable en la preservación de leyendas serranas.

Hace mucho tiempo, un hecho curioso acontecido en la Iglesia Parroquial de Santa Marina Virgen y Mártir, lo cual causo el mote o apodo. Según recoge la voz popular, el techo de una de sus capillas necesitó reparación allá por el siglo XVIIII, y por ello tuvieron que cambiar varias vigas. Casi todas las traviesas se ubicaron sin dificultad, pero llegado el turno de la más voluminosa, tuvieron que parar.

De tales proporciones era dicho listón que no pasaba por la puerta de la iglesia. Se compraron unas 100 arrobas en aceite, las cuales se usaron untando todos sus laterales, ni por esas entro el listón, aunque se pudo deslizar el bloque hacia el interior. Agotados de los vanos esfuerzos lo tomaron como una señal, los alamedanos toleraron dejarla con su característica forma atravesada, exactamente en la entrada de Santa Marina Virgen y Mártir.

Ermita de Santa Ana

Otra de las leyendas que se cuentan en el pueblo es que Santa Ana tuvo la voluntad de permanecer en Alameda del Valle. Cuentan nuestros mayores que un pastor de Oteruelo fue visitado por la Virgen y esta depositó su imagen en un peñón en mitad del arroyo. El oteruelano recogió la figura y partió de vuelta a su casa, dispuesto a construirle una ermita donde sería honrada. Sin embargo, poco tiempo después descubrió que la imagen le había desaparecido, y fue hallada por el mismo vecino en la peña del arroyo.

Muy contento, fue a recogerla, pensando que se trataba de alguna pillería, pero la figura se había vuelto muy pesada y no fue capaz de levantarla. Por ello, regresó al lugar con la ayuda de un carro tirado por un buey, pero tampoco logró su objetivo. Cada vez que el animal tiraba en dirección a Oteruelo del Valle, era imposible mover ni un ápice la imagen. Sin embargo, comprobó con asombro que todo lo contrario sucedía si se dirigía hacia Alameda; por ello, lo tomó como una señal de que la Virgen deseaba quedarse allí y se erigió la ermita a escasos metros del arroyo. Santa Ana quería ser alamedana.

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