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Tras las huellas de la sierra

El origen del topónimo Patones de Abajo

Escrito hace

3 semanas

el

Guillermo Herrero – En Patones se han encontrado restos de un núcleo de población visigodos. Tiene dos núcleos de población, Patones de Arriba y Patones de Abajo.

Patón o Patones era un nombre de varón posiblemente de origen cantábrico, al igual que Mangión o Mangiones, que dio lugar a Mangirón. Son nombres muy antiguos, que apenas aparecen en los diplomas de los monasterios medievales por utilizarse sólo en zonas muy aisladas y rurales. Esta Sierra Norte madrileña, pobre, ganadera y aislada, debió ser repoblada principalmente por montañeses de Cantabria o Palencia, bien adaptados a esas condiciones. Como curiosidad todavía existe el apellido Patón.

Patones de Arriba cuenta con una tradición de aislamiento que ha llegado hasta nuestros días, cuando se cuenta que los árabes ignoraron este pueblo durante su invasión. No sabemos si sucedió así, pero el aislamiento de Patones de Arriba es innegable y eso facilita que se conserven tradiciones muy antiguas. Una de ellas es la leyenda del «rey de Patones», del que hay constancia histórica de que existió durante varios siglos, y que debía ser una especie de “juez de paz” anciano cuya autoridad era aceptada por los vecinos. Esta tradición duró aproximadamente hasta finales del siglo XVIII, ya que en 1826 vivía en el pueblo un anciano de 90 años que afirmaba haber conocido al último Rey de Patones, que según él se llamaba Juan Prieto.

Un juez anciano dirimiendo mediante el derecho de la costumbre, los problemas de los vecinos, y al margen de la normativa oficial. Es lógico que en Patones se haya mantenido una tradición tan castellana y tan montañesa, ya que hay claros indicios de que fueron montañeses los que repoblaron al menos Torrelaguna, Uceda, Cincovillas, Cervera de Buitrago, Berzosa de Lozoya, Piñuécar y seguramente Mangirón. Cantabria siempre fue una comarca castellana, conocida como La Montaña.

Pontón de la Oliva

Esta presa fue levantada en la segunda mitad del siglo XIX, en el contexto de las obras de construcción del Canal de Isabel II, con el objetivo de que fuera el embalse principal que abasteciera de agua a la ciudad de Madrid. Sin embargo, nunca pudo ser explotada adecuadamente.

Fue sin duda uno de los grandes fallos del abastecimiento de agua en la capital, ya que, en el siglo XIX, durante el reinado de Isabel II, la Villa de Madrid contaba con una población creciente de 206.000 habitantes. En esos años, solo una minoría disfrutaba del agua en sus hogares.
El río Manzanares no ofrecía alternativa, ya que su bajo caudal y su condición de «vertedero» hacían inviable cualquier proyecto en su interior. Sin embargo, el río Lozoya era una opción, así que desde el siglo XVIII se investigaron proyectos para transportar sus aguas a Madrid.

En 1848, los ingenieros Juan Rafo y Juan de Ribera presentaron la «Memoria razonada sobre las obras necesarias para el abastecimiento de agua a Madrid», que situaba al río Lozoya como fuente principal de abastecimiento por la calidad y pureza de sus aguas. El sistema diseñado incluía un canal (el Canal de Isabel II original) de 77 kilómetros de aguas rodadas desde una presa que se construiría cerca de la desembocadura del río en el Jarama, en un valle conocido como el cerro de la Oliva.

En agosto de 1851 comenzó la construcción de la faraónica (para aquellos tiempos) obra, con la “participación” en durísimas condiciones de 1.500 presos de las guerras carlistas, 200 obreros libres y 400 animales.

Pero los problemas estructurales del Pontón de la Oliva, una presa de 72 metros de longitud y 27 de altura, no hacían nada más que empezar: para empezar, durante las obras, el agua se salía por los contactos con el muro. Aun así, 5 años después finalizaba su construcción. Por cierto, resulta tristemente irónico que una presa hecha por presos tuviera fugas.

Durante el invierno, el Pontón de la Oliva sí se llenaba, en parte gracias a las lluvias estacionales. Sin embargo, las pérdidas el resto del año no compensaban la funcionalidad de la presa. Es más, en verano el nivel del embalse descendía por debajo del nivel del canal de salida.

El motivo fue que el lugar escogido era un terreno de calizas, que se disolvían al contacto constante con el agua y que destaponaban cavernas en las paredes del embalse. Según cuentan los relatos, los habitantes de la zona conocían perfectamente las “cuevas” existentes y por las cuales se “salía” el agua, pero vista la falta de costumbre de consultar a las poblaciones locales, no se tuvo en cuenta ese factor.

Por ello, la vida del Pontón de la Oliva fue bastante corta. La solución llegó en 1860 y de forma urgente se construyó la la pequeña presa de Navarejos para poder tomar el agua del río. Paulatinamente, el Pontón de la Oliva fue abandonado y sustituido por la del Embalse del Villar, 22 kilómetros aguas arriba.

Hoy en día, los alrededores de la infraestructura abandonada de la presa son punto de encuentro para aficionados a la escalada. La presa forma parte del patrimonio histórico de la sierra de Ayllón.

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Tras las huellas de la sierra

Los Bandoleros más famosos de la Sierra de Madrid

Escrito hace

6 días

el

22/06/2022
Los bandoleros famosos de la Sierra de Madrid

Guillermo Herrero.- Algunos de los nombres que producían espanto a lo largo de las sendas serranas eran el de Francisco de Villena, más conocido como `Paco el Sastre´; Pablo Santos, el `bandido de La Pedriza´; y, por supuesto, Fernando Delgado Sanz, el `Tuerto Pirón´. Fueron hombres desalmados que asaltaban a los incautos viajeros y vivían refugiados en cuevas o en chozas abandonadas por los pastores de la Sierra.

De algunos, no sólo se han conservado sus fechorías en la tradición oral, sino que se transformaron en leyenda, gracias a la designación que los serranos dieron a algunos topónimos de la zona, sobre todo a formaciones rocosas. Por ejemplo, los asaltos de Juan Plaza, el `misterioso bandolero de El Espinar´, siempre serán recordados por la peña que lleva su nombre, emplazada en la vertiente este del Arroyo Mayor a su paso por el Alto del León.

Desde su apertura en el siglo XVIII, precisamente el Alto del León se convirtió en paso principal hacia Madrid. Su complicada orografía facilitaba el `trabajo´ a los bandoleros de la zona y era, además, refugio de muchos de ellos como de Juan Peña, de quien se dice que habitaba Cueva Valiente. La historia cuenta que esta cavidad tomó su nombre por una derivación de “prueba valiente”: los quintos serranos, conocedores de la existencia de su antiguo dueño, accedían a su interior como rito de paso a la madurez.

Un caso curioso es el de Pablo Santos, apodado `el bandido de la Pedriza´, que era temido no sólo por sus rudas maneras sino por existir testimonios que lo situaban en dos lugares al mismo tiempo, lo que hacía pensar en algún tipo de brujería. Es más que probable que se tratara de una táctica inventada por el propio Santos, aprovechándose de las creencias de los lugareños.

Por la zona serrana y por Las Rozas actuaba otro de los más conocidos, Luis Candelas Cajigal, el bandido madrileño por excelencia del 1800. Actuaba con ferocidad, pero sin delitos de sangre. Era frecuente encontrarse con él y su banda en las tabernas de Madrid y, aunque ninguno era un serrano de pro, son considerados parte de «Los bandoleros del Guadarrama».

Existen testimonios que narran cómo uno de los atracos más famosos de Luis Candelas se produjo en pleno camino de Matas Altas, zona de montes situada entre Las Rozas y Torrelodones, en 1836. Gracias a un chivatazo, Candelas fue conocedor de un ‘suculento’ carromato postal procedente de Valladolid. Mientras esperaba con su banda al carruaje en cuestión, los malhechores no dudaron en asaltar a cuantos transitaron el camino aquel día, incluyendo una valija diplomática. En este maletín, cuyo supuesto dueño sería el embajador francés en España, Armand Augustin Louis de Caulaincourt, se encontrarían papeles comprometedores de nuestro país vecino.

Al regresar a Madrid, el bandolero, haciéndose pasar por el noble ‘Luis Álvarez de Cobos’, habría actuado como intermediario entre el desdichado político y la banda, recibiendo en compensación dinero y una condecoración.

El final de la mayoría de bandoleros era trágico, pues solían perecer en un asalto o eran traicionados por sus cómplices. Un ejemplo típico, es la fábula de Francisco de Villena, “Paco el Sastre”, protagonista de “El Cancho de los muertos”. El que fuera compinche del famoso bandido madrileño Luis Candelas, formó su propia banda en La Pedriza. Juntos, secuestraron a una joven rica de la capital que sufrió abusos por parte de otros miembros de la banda en su ausencia.

“Paco el Sastre” los condenó a una “muerte por despeño” y lanzó al vacío al primero de ellos. Sin embargo, el segundo se resistió y, agarrando su pierna, provocó la caída de ambos. La leyenda dice que en las noches de luna llena todavía se pueden ver todavía sus cuerpos al pie del cancho.

 

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Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: Los Aguadores de Madrid

Escrito hace

2 semanas

el

15/06/2022
Aguadores de Madrid

 Guillermo Herrero – Durante la época árabe la capital y la mayoría de los pueblos de la Comunidad de Madrid contaban con un buen suministro de agua gracias los ingenios técnicos. Sin embargo, el suministro no llegaba a todos los hogares madrileños como ocurre en la actualidad. Por esta razón, durante más de cuatro siglos (del XV a principios del XX), existió la figura del aguador o aguatero, que fue fundamental en casi todas las poblaciones, y que conocemos en esta nueva entrega de Tras las Huellas de la Sierra.

Los azacanes, moros o mozárabes fueron los pioneros en este sentido, ya que portaban el agua valiéndose de una caballería o un carro cargado de grandes cántaros o vasijas de hasta 10 litros con los que ir repartiendo el valioso líquido desde las fuentes municipales.

Esta labor ya fue descrita en la normativa del Concejo de la Villa en 1501, cuando se advierte al gremio que “no vayan corriendo con los asnos, porque acaece topar e derribar muchas personas e hazer muchos daños, so pena destar diez días en la cadena”. Esto da una idea de cómo se comportaban por aquel entonces.

Más adelante Felipe II contribuyó a la regularización del gremio, estableciendo una medida que limitaba los cántaros de transporte a tan solo cinco azumbres (1 azumbre = 2,05 litros) de capacidad. Los alfareros de Alcorcón eran los responsables de ajustarse a dicho volumen, además de grabar en los recipientes un sello especial para evitar las falsificaciones.

En el siglo XVII la normativa se encargó de ordenar aún más a los aguadores madrileños, asignándoles fuentes públicas determinadas según el servicio que fuera necesario prestar. Esta tendencia continuó en el siglo siguiente, quizás en el período de mayor apogeo de la profesión: para poder desempeñar el oficio, era necesaria una licencia que concedían los corregidores de la villa o los alcaldes constitucionales, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual.

Puede llegar a sorprender la extensa reglamentación que aplicaba al gremio en el siglo XIX. Por ejemplo, el reglamento de los aguadores de 1874, un documento de 32 páginas y 38 artículos recogía los requisitos y funciones del aguador en el que se detalla cómo solicitar entrar en la profesión, las fuentes concretas en las que actuar, las obligaciones como aguador e incluso la forma en la que distribuir el agua.

Por aquel entonces existían tres tipos de aguadores:

Los “chirriones”: transportaban el agua en una o varias cubas, sobre carros tirados por mulas o asnos.
Los tradicionales, “cantareros de azacán”: contaban con uno o más burros para cargar entre 4 y 6 cántaras de agua.

El tercer tipo eran los que llevaban el cántaro al hombro y podían ir con él a los hogares.

A ellos se suman los vendedores ambulantes, en muchos casos niños o mujeres que voceaban su mercancía por las calles y que se hicieron especialmente populares en las procesiones religiosas y actos públicos.

Como curiosidad estaban obligados a acudir a los incendios con una cuba de agua, so pena de una multa de 10 ducados la primera vez y retirada de la licencia en la segunda.

Cada aguador tenía que llevar en el ojal de su chaqueta o chaleco una placa de latón con su número, su nombre y el de la fuente asignada. Además, en el siglo XIX el Ayuntamiento diseñó su propio uniforme, consistente en una chaqueta oscura con doble fila de botones dorados, chaleco rojo y pantalón, botines y una gorra de fieltro que era obligatoria.

Dado que el oficio de aguador exigía una gran fuerza física para cargar las cubas, los profesionales solían trabajar en un corto espacio de tiempo, generalmente unos 3 años, para después volver a sus pueblos a descansar otros 2 o 3 años y retomar el oficio después. También hubo mujeres aguadoras, aunque de forma excepcional.

Por último, si algo caracterizó a los aguadores fueron las peleas y enfrentamientos constantes entre ellos, con los vecinos y con el ejército. La causa siempre era el agua, de un modo u otro, y la reinante picaresca de Madrid tampoco ayudaba a la venta pacífica del recurso. La figura del aguador aparece en escritos de Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina; o cuadros como algunos de Velázquez o Goya posteriormente, y en ocasiones se reflejan estas rencillas.

Con la construcción del Canal de Isabel II, llegó también el ocaso de los aguadores. Si bien aguantaron hasta los años 60-70 del pasado siglo, no fue más que de forma anecdótica en un esfuerzo de mantener la tradición.

 

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