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Tras las huellas de la sierra

Los Bandoleros más famosos de la Sierra de Madrid

Escrito hace

2 semanas

el

Guillermo Herrero.- Algunos de los nombres que producían espanto a lo largo de las sendas serranas eran el de Francisco de Villena, más conocido como `Paco el Sastre´; Pablo Santos, el `bandido de La Pedriza´; y, por supuesto, Fernando Delgado Sanz, el `Tuerto Pirón´. Fueron hombres desalmados que asaltaban a los incautos viajeros y vivían refugiados en cuevas o en chozas abandonadas por los pastores de la Sierra.

De algunos, no sólo se han conservado sus fechorías en la tradición oral, sino que se transformaron en leyenda, gracias a la designación que los serranos dieron a algunos topónimos de la zona, sobre todo a formaciones rocosas. Por ejemplo, los asaltos de Juan Plaza, el `misterioso bandolero de El Espinar´, siempre serán recordados por la peña que lleva su nombre, emplazada en la vertiente este del Arroyo Mayor a su paso por el Alto del León.

Desde su apertura en el siglo XVIII, precisamente el Alto del León se convirtió en paso principal hacia Madrid. Su complicada orografía facilitaba el `trabajo´ a los bandoleros de la zona y era, además, refugio de muchos de ellos como de Juan Peña, de quien se dice que habitaba Cueva Valiente. La historia cuenta que esta cavidad tomó su nombre por una derivación de “prueba valiente”: los quintos serranos, conocedores de la existencia de su antiguo dueño, accedían a su interior como rito de paso a la madurez.

Un caso curioso es el de Pablo Santos, apodado `el bandido de la Pedriza´, que era temido no sólo por sus rudas maneras sino por existir testimonios que lo situaban en dos lugares al mismo tiempo, lo que hacía pensar en algún tipo de brujería. Es más que probable que se tratara de una táctica inventada por el propio Santos, aprovechándose de las creencias de los lugareños.

Por la zona serrana y por Las Rozas actuaba otro de los más conocidos, Luis Candelas Cajigal, el bandido madrileño por excelencia del 1800. Actuaba con ferocidad, pero sin delitos de sangre. Era frecuente encontrarse con él y su banda en las tabernas de Madrid y, aunque ninguno era un serrano de pro, son considerados parte de «Los bandoleros del Guadarrama».

Existen testimonios que narran cómo uno de los atracos más famosos de Luis Candelas se produjo en pleno camino de Matas Altas, zona de montes situada entre Las Rozas y Torrelodones, en 1836. Gracias a un chivatazo, Candelas fue conocedor de un ‘suculento’ carromato postal procedente de Valladolid. Mientras esperaba con su banda al carruaje en cuestión, los malhechores no dudaron en asaltar a cuantos transitaron el camino aquel día, incluyendo una valija diplomática. En este maletín, cuyo supuesto dueño sería el embajador francés en España, Armand Augustin Louis de Caulaincourt, se encontrarían papeles comprometedores de nuestro país vecino.

Al regresar a Madrid, el bandolero, haciéndose pasar por el noble ‘Luis Álvarez de Cobos’, habría actuado como intermediario entre el desdichado político y la banda, recibiendo en compensación dinero y una condecoración.

El final de la mayoría de bandoleros era trágico, pues solían perecer en un asalto o eran traicionados por sus cómplices. Un ejemplo típico, es la fábula de Francisco de Villena, “Paco el Sastre”, protagonista de “El Cancho de los muertos”. El que fuera compinche del famoso bandido madrileño Luis Candelas, formó su propia banda en La Pedriza. Juntos, secuestraron a una joven rica de la capital que sufrió abusos por parte de otros miembros de la banda en su ausencia.

“Paco el Sastre” los condenó a una “muerte por despeño” y lanzó al vacío al primero de ellos. Sin embargo, el segundo se resistió y, agarrando su pierna, provocó la caída de ambos. La leyenda dice que en las noches de luna llena todavía se pueden ver todavía sus cuerpos al pie del cancho.

 

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Tras las huellas de la sierra

Las leyendas que esconde la Sierra de Madrid: La Mujer Muerta y el Montón de Trigo

Escrito hace

6 días

el

30/06/2022

Guillermo Herrero – La Mujer Muerta es un cordel montañoso de la Sierra de Guadarrama que se extiende a lo largo de casi 11 kilómetros. Con un poco de imaginación se puede ver una silueta que da la impresión de representar el cuerpo de una mujer tumbada, con los brazos entrecruzados y cubierta por una especie de velo y que está integrada por tres picos entre la sierra de Madrid y de Segovia: La Pinareja, Peña del Oso y Pico Pasapán.

Existen varias leyendas sobre la razón por la cual terminó de esa manera la “Mujer Muerta”, pero sin duda esta es la más famosa:

Se cuenta que a la muerte de un jefe de una tribu sus dos hijos gemelos se comenzaron a pelear por hacerse los líderes de la tribu. La madre, para evitar que sus hijos continuaran con sus peleas, ofreció su vida a los dioses. En un día de inmensa tormenta, apareció la figura de su madre en forma de montaña, por lo que los hijos, contemplando tan impresionante espectáculo decidieron abandonar la lucha. Se dice que de vez en cuando aparecen en el cielo dos nubes que son sus hijos que vienen a venerar a su madre.

Otra leyenda sitúa a Hércules, uno de los héroes de la mitología griega y romana paseando junto con su caballero por las calles cuando apareció un grupo de  mujeres que, asustadas por la impresionante figura de Hércules, salieron todas corriendo menos una. El caballero que acompañaba al héroe, admirado de la entereza y valor de la muchacha cayó ante sus pies y se enamoró de ella. Sin embargo, cuando el padre de la muchacha se enteró del enamoramiento y no queriendo ver marchar a su hija con otro hombre, loco de celos de perderla, le quitó la vida. El caballero, desolado por la muerte, pidió a Hércules que esculpiera el cuerpo de la muchacha en una montaña.

Otra de las montañas que han dado lugar a numerosas teorías sobre su origen es un pico que se encuentra a pocos kilómetros al este de la Mujer Muerta, conocida como Montón de Trigo. Con más de 2.000 metros de altitud, el Montón de Trigo es una de las formaciones montañosas más altas de la Sierra de Guadarrama.

Cuentan los más mayores del lugar que una calurosa mañana de primavera, el sol iluminaba los campos de trigo convirtiéndolos casi en un mar de oro. Un viejo del lugar que había conseguido una fortuna con sus tierras, se levantaba cada mañana muy temprano para ir a trabajar su campo.

Estaba muy tranquilo, ocupado en su tarea, cuando dos mendigos se le acercaron a pedirle limosna. El hombre, contrariado por la interrupción, no les quiso dar nada y entonó una canción popular para ver si los pedigüeños se aburrían y se marchaban a molestar a otro: “Vengo de moler, morena de los molinos de arriba, duermo con la molinera y olé, no me cobres la matina que vengo de moler, morena”.

El más mayor de los mendigos le suplicó compasión al jornalero, rogándole que compartiera aunque fuera solo un poco de su trigo. Entonces, dos caminos se vislumbraron con claridad en la mente del campesino: o se apiadaba de ellos y compartía su trigo o inventaba una excusa y continúa con su labor. Así, el labrador contestó que, aunque le gustaría mucho poder ayudarles, no podía compartir su trigo, ya que éste no era más que un montón de tierra bañado por el sol.

Y, nos lo dice el refranero, que una mentira dicha con mucha convicción se convierte al final en verdad. Así que, ni corto, ni perezoso, el mendigo más anciano pronunció las palabras que provocaron el final de esta historia: “Permita Dios que se te vuelva tierra» y así se hizo. La montaña, hoy llamada “Montón de trigo”, es aquel falso montón de tierra del campesino, que provocó su propio castigo.

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Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: Los Aguadores de Madrid

Escrito hace

3 semanas

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15/06/2022
Aguadores de Madrid

 Guillermo Herrero – Durante la época árabe la capital y la mayoría de los pueblos de la Comunidad de Madrid contaban con un buen suministro de agua gracias los ingenios técnicos. Sin embargo, el suministro no llegaba a todos los hogares madrileños como ocurre en la actualidad. Por esta razón, durante más de cuatro siglos (del XV a principios del XX), existió la figura del aguador o aguatero, que fue fundamental en casi todas las poblaciones, y que conocemos en esta nueva entrega de Tras las Huellas de la Sierra.

Los azacanes, moros o mozárabes fueron los pioneros en este sentido, ya que portaban el agua valiéndose de una caballería o un carro cargado de grandes cántaros o vasijas de hasta 10 litros con los que ir repartiendo el valioso líquido desde las fuentes municipales.

Esta labor ya fue descrita en la normativa del Concejo de la Villa en 1501, cuando se advierte al gremio que “no vayan corriendo con los asnos, porque acaece topar e derribar muchas personas e hazer muchos daños, so pena destar diez días en la cadena”. Esto da una idea de cómo se comportaban por aquel entonces.

Más adelante Felipe II contribuyó a la regularización del gremio, estableciendo una medida que limitaba los cántaros de transporte a tan solo cinco azumbres (1 azumbre = 2,05 litros) de capacidad. Los alfareros de Alcorcón eran los responsables de ajustarse a dicho volumen, además de grabar en los recipientes un sello especial para evitar las falsificaciones.

En el siglo XVII la normativa se encargó de ordenar aún más a los aguadores madrileños, asignándoles fuentes públicas determinadas según el servicio que fuera necesario prestar. Esta tendencia continuó en el siglo siguiente, quizás en el período de mayor apogeo de la profesión: para poder desempeñar el oficio, era necesaria una licencia que concedían los corregidores de la villa o los alcaldes constitucionales, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual.

Puede llegar a sorprender la extensa reglamentación que aplicaba al gremio en el siglo XIX. Por ejemplo, el reglamento de los aguadores de 1874, un documento de 32 páginas y 38 artículos recogía los requisitos y funciones del aguador en el que se detalla cómo solicitar entrar en la profesión, las fuentes concretas en las que actuar, las obligaciones como aguador e incluso la forma en la que distribuir el agua.

Por aquel entonces existían tres tipos de aguadores:

Los “chirriones”: transportaban el agua en una o varias cubas, sobre carros tirados por mulas o asnos.
Los tradicionales, “cantareros de azacán”: contaban con uno o más burros para cargar entre 4 y 6 cántaras de agua.

El tercer tipo eran los que llevaban el cántaro al hombro y podían ir con él a los hogares.

A ellos se suman los vendedores ambulantes, en muchos casos niños o mujeres que voceaban su mercancía por las calles y que se hicieron especialmente populares en las procesiones religiosas y actos públicos.

Como curiosidad estaban obligados a acudir a los incendios con una cuba de agua, so pena de una multa de 10 ducados la primera vez y retirada de la licencia en la segunda.

Cada aguador tenía que llevar en el ojal de su chaqueta o chaleco una placa de latón con su número, su nombre y el de la fuente asignada. Además, en el siglo XIX el Ayuntamiento diseñó su propio uniforme, consistente en una chaqueta oscura con doble fila de botones dorados, chaleco rojo y pantalón, botines y una gorra de fieltro que era obligatoria.

Dado que el oficio de aguador exigía una gran fuerza física para cargar las cubas, los profesionales solían trabajar en un corto espacio de tiempo, generalmente unos 3 años, para después volver a sus pueblos a descansar otros 2 o 3 años y retomar el oficio después. También hubo mujeres aguadoras, aunque de forma excepcional.

Por último, si algo caracterizó a los aguadores fueron las peleas y enfrentamientos constantes entre ellos, con los vecinos y con el ejército. La causa siempre era el agua, de un modo u otro, y la reinante picaresca de Madrid tampoco ayudaba a la venta pacífica del recurso. La figura del aguador aparece en escritos de Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina; o cuadros como algunos de Velázquez o Goya posteriormente, y en ocasiones se reflejan estas rencillas.

Con la construcción del Canal de Isabel II, llegó también el ocaso de los aguadores. Si bien aguantaron hasta los años 60-70 del pasado siglo, no fue más que de forma anecdótica en un esfuerzo de mantener la tradición.

 





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