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Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: El enigma de la desaparecida ermita de Santa María del Vado

Escrito hace

1 año

el

Cuenta don Juan Ruiz, el arcipreste de Hita, en su Libro de Buen Amor, que después de toparse con varias serranas en la sierra de Guadarrama y ya de vuelta a casa, a su tierra alcarreña de Hita, paró en la ermita de Santa María del Vado a rezarle a la Virgen. Y así lo dejó escrito:

Cerca de aquesta sierra ay un lugar onrado muy santo e muy devoto: Santa María del Vado. Fui a tener vegilia, como es acostumbrado, a onra de la Virgen ofrecíle este ditado:

A ti, noble Señora, Madre de piedad, luz naciente al mundo, del cielo claridad, mi alma e mi cuerpo ante tu majestad, ofrezco con cantigas e con grand omildad.

La situación exacta de aquel santuario ha sido objeto de muchos estudios, investigaciones y comentarios, debido fundamentalmente a que el Libro de Buen Amor (1343) es un documento de viaje excepcional para localizar geográficamente varios escenarios serranos del siglo XIV en el mapa actual de la Comunidad de Madrid. Lo mismo sucede con el Libro de la Montería del rey Alfonso XI (también del siglo XIV).

Pues bien, existen dos teorías opuestas que sitúan a la ermita de Santa María del Vado en dos lugares completamente distintos y algo alejados entre sí: El primero se trata del actual embalse del Vado, en la provincia de Guadalajara, un pantano que almacena las aguas del río Jarama y que debido precisamente a su nombre ha dado pie a relacionarlo con el santuario del arcipreste de Hita. Esta teoría cuenta con sus defensores porque a orillas del embalse del Vado se encuentran las ruinas románicas de la iglesia de Santa María del Vado.

Leer:  Tras las huellas de la Sierra: El rastro de San Isidro en Madrid

En este lugar, sin duda, hubo un vado, de ahí el nombre, que desapareció bajo las aguas cuando se construyó el embalse. Un vado es simplemente el lugar de un río con fondo firme, llano y poco profundo, por donde se puede pasar andando, cabalgando o en vehículo. A veces, el camino estaba trazado con piedras asentadas en el fondo del río, bajo el nivel de las aguas, para mayor comodidad de los transeuntes, caballerizas y carretas.

Esa es la hipótesis más clara, pero quizá no sea la correcta. Una lectura atenta del texto del arcipreste de Hita y, sobre todo, del manual de caza de Alfonso XI, nos aproxima a la ubicación probable del santuario de Santa María del Vado. En el segundo de los libros se describen dos monterías localizadas precisamente muy cerca de la ermita: “La Dehesa de Santa María del Vado es buen monte de puerco en invierno y en tiempo de panes… La Cabeza de Yescar y la Texera, que es cabo Manzanares, es buen monte de puerco en todo tiempo. Y es la vocería por cima de la cumbre de la sierra. Y son las armadas, la una a Santa María del Vado e la otra al colladiello del Carrascal. Y otra vocería allende el río”.

El primer monte citado es el actual de Cabeza Illescas (1.136 m), un cerro situado al suroeste del embalse de Manzanares, cerca de la presa, por donde corretean las aguas del arroyo de Valdeurraca. Justo donde se unen el arroyo y el río Manzanares, a 1.500 metros aproximadamente del muro del embalse, es donde estuvo quizá Santa María del Vado, un pequeño poblado con su respectiva ermita, que debió perder protagonismo por dos acontecimientos: primero, por la peste que asoló el país en 1351, causante de la desaparición de muchas aldeas y pequeños pueblos, y segundo, por la construcción de un puente cerca del castillo de Manzanares, ordenada por el duque del Infantado, que debió animar a muchos pastores y ganaderos a cambiar de rumbo. Ambos motivos debieron acabar con la vida de Santa María del Vado, aunque es probable que la ermita continuara con sus misas, romerías y visitas devotas.

Leer:  Tras las huellas de la Sierra: origen toponímico de los ríos del norte de Madrid

Si esta hipótesis de trabajo, defendida entre otros por Gregorio de Andrés, es la correcta, sí tendría entonces sentido el viaje de vuelta del arcipreste de Hita desde el alto de Tablada (ver “El buen amor de las serranas del arcipreste de Hita” en Historias literarias) hasta su tierra alcarreña.

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