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Tras las huellas de la sierra

Tras las huellas de la Sierra: El oficio de tejero y los últimos trabajadores en Colmenar Viejo

Escrito hace

1 mes

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Hoy en la sección Tras las Huellas de la Sierra, Guillermo Herrero, impulsor de toponimos.es nos habla del oficio de tejero, quién hacía tejas y otras piezas como ladrillos y baldosas. También de una conocida tejería dedicada esta labor en Colmenar Viejo

El oficio tradicional de tejero tomaba su nombre de las piezas que más comúnmente fabricaban, las tejas, aunque en el tejar también se hacían otras piezas como ladrillos y baldosas, todo ello de barro cocido.

Por lo general las antiguas tejerías eran un complemento a la economía familiar, poca gente vivía únicamente de eso, ya que solo funcionaban con el buen tiempo, sobre todo en verano.

En ellas trabajaban tres o cuatro personas, todas de la familia.

En que consistía el oficio de tejero

Cada tejero tenía su terrero, que así se llamaba el sitio de donde sacaban las arcillas, y que habitualmente pertenecía al municipio. Una vez allí se trabajaba el terreno a mano, a pico y pala. Dejaban que se esponjara la arcilla y la transportaban al tejar o tejera, donde la machacaban y la echaban a una gran pila y allí la pasaban por una zaranda (criba).

La arcilla no debía tener piedras, ya que entonces no era buena y estropeaba las tejas, que se rompían al cocerlas. Con la mano cogían la arcilla y la echaban en un molde; más tarde la llevaban a la era, la sacaban del molde y la tendían.

Después se cogían de cuatro en cuatro, y más tarde se metían al horno. El material no tenía marcas, pero tanto los tejeros como los compradores distinguían las piezas por la calidad de la arcilla, que era diferente.

Cuando ya estaba lleno el horno con las tejas, los ladrillos y las baldosas, lo cerraban con una loseta o placa y así estaban dos días con sus dos noches echando cargas de leña, se relevaban dos hombres para vigilar que el horno no se apagara y para evitar que el fuego fuera demasiado fuerte. Cuando se abría, se tardaba entre ocho y diez días a que todo el material se hubiese enfriado por completo.

Tejar en el arroyo del Pozanco de Colmenar Viejo

En Colmenar Viejo, el tejar más importante era el de Juan Manuel Vicente, quien junto con Fernando Colmenarejo realizaron un trabajo que se centra en la historia del tejar ubicado en la margen derecha del arroyo del Pozanco, junto a la carretera M-962, en la salida Este de Colmenar Viejo hacia Madrid.

Este tejar, actualmente en ruinas, ha sido testigo de cuatro generaciones de industriales tejeros. Cuenta Juan Manuel Vicente, el último de ellos, que a finales del siglo XVIII, principios del siglo XIX, su bisabuelo, procedente de Galicia, se estableció en esta localidad, en la finca denominada Arroyo del Pozanco. Después, contrajo matrimonio con una colmenareña, e inició la fabricación de tejas y ladrillos, comenzando, así, la primera generación de tejeros, continuando hasta la cuarta, en la cual se encuentra Juan Manuel.

En un principio, el tejar contaba con herramientas y procesos de fabricación muy rudimentarios. La cuarta generación instauró una mejora de la industria muy importante. Se cambió la maquinaria por otra más moderna, se construyó un tercer horno, dado el aumento de la producción, y se implantaron algunos avances tecnológicos, como los secaderos automáticos, con lo que ya no dependían tanto del sol para poder secar el material, pudiendo trabajar también durante el invierno. El avance fue enorme, ya que, incluso, en verano, si el material se estaba secando y amenazaban nubarrones, tenían que volver rápidamente. Recuerda Juan Manuel que más de una vez, estando en el baile con las novias, tuvieron que salir corriendo a recoger el material que hubiese quedado secándose del día anterior.

Según sus palabras: ¡Siempre teníamos que estar pendientes del tiempo! y como no existía el hombre del tiempo, teníamos que adivinar qué tiempo iba a hacer, de aquí el refrán “como tengo un tío tejero y otro labrador, lo mismo me da que llueva, o que haga sol”. 

Definitivamente, el tejar cerró en 1960, curiosamente coincidente con el desarrollismo urbano de Colmenar Viejo, debido a varias razones, entre las que, principalmente, se argumenta la escasez de materia prima, el barro, y las dificultades para su obtención.

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