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Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: tipos de Topónimos en Madrid

Escrito hace

3 meses

el

Existen varias clasificaciones de topónimos, pero para este artículo vamos a manejar aquella que está basada en clasificar cada nombre propio de lugar atendiendo a su significado, es decir, a una clasificación semántica. Según esta, los topónimos pueden ser:

-FITOTOPÓNIMOS: son aquellos que hacen referencia a árboles, matorrales, plantas…
Un ejemplo es el Embalse de la Jarosa: embalse claramente hace referencia a la «acción y efecto de embalsar» y que hace la función de dique que represa el agua de los ríos y arroyos. En cuanto a la Jarosa, viene de jara, nombre de varias comarcas, localizadas en el centro y sur de España, también de cortijos y de labranzas, con el significado de «lugar de jaras». En la villa de Guadarrama.

Otro ejemplo de fitotopónimo es la Fuente del Álamo, en Alpedrete. Del latín FONS, FONTIS, «manantial de agua que brota de la tierra». Álamo está referido a este árbol, palabra de origen incierto, quizás prerromana, ya documentado en 1218, en papeles mozárabes.

-ZOOTOPÓNIMOS: son los topónimos que hacen referencia a los animales.
El Monte de Peña Águila es un claro ejemplo: Del latín aquila, «ave rapaz diurna, su pico recto en la base, curvo en la punta… perspicaz, fuerte musculatura y vuelo rapidísimo». Este lugar se ubica en Pedrezuela.

También es un zootopónimo el Arroyo del Cuco: del latín cucus, con el significado de ave trepadora conocida por cuclillo, cuya hembra pone los huevos en nidos ajenos. Ya documentado en el Marqués de Santillana. En San Agustín de Guadalix.

-HIDROTOPÓNIMOS: tienen en su base el concepto de agua y pueden referirse a fuentes, manantiales, ríos, charcas, embalses…
En la Comunidad de Madrid hay miles de ejemplos, siendo uno de ellos la Reguera de la Serna, en La Serna del Monte. Es un femenino de reguero, «canal que se hace en
la tierra, a fin de conducir el agua para el riego». En cuanto a serna es voz de origen incierto: «Porción de tierra de sembradura que se reserva el señor feudal y debía ser cultivada, gratuitamente, por sus vasallos».

-OROTOPONIMOS: son aquellos nombres propios que tienen que ver con la orografía y con la disposición del terreno (altos, depresiones, valles, cerros…).
También existen innumerables topónimos de este tipo, como por ejemplo la Garganta de la Camorza en Manzanares el Real. Garganta proviente de la onomatopeya gar, «cualquiera estrechura de montes, río u otros parajes». Palabra occitana y alto-italiana con influjo del latín gurges. En cuanto a Camorza, en el Diccionario de Paredes García aparece como camorro, como cerro, y esta voz pudiera aproximarse a nuestro camorza con el significado de «Garganta del Cerro».

-LITOTOPÓNIMOS: aluden a todo aquello que tiene que ver con la piedra (piedras de distintas formas y tamaños, grupos de piedras….)
Un ejemplo en Manzanares el Real era la Peña de los Gangas, que estaba situada en la garganta a la orilla izquierda del río Manzanares. Tiene tres cruces en memoria de los tres hermanos asesinados allí por unos malhechores. Según otra versión, la implacable acción de la justicia en el XIX contra los bandoleros provocó el fusilamiento de tres pastores, un padre y su hijo y un joven zagal, por los soldados a la entrada de la Garganta del Manzanares, por el mero hecho de dar cobijo a unos malhechores en su chozo durante una fría noche.

-AGROTOPÓNIMOS: están relacionadas con mundo agrícola y otras actividades que se desenvuelven en el campo.
Un ejemplo es el Manantial del Quiñon Viejo, en El Boalo. Del latín quinio, quinionis. Un quiñón, documentado ya en 1082-1096, era un sistema de producción agrícola basado en el reparto de las tierras con el objetivo de sembrarlas y cosecharlas. El quiñón es la parte correspondiente de tierra de cada uno de los miembros que la comparten.

-ECOTOPÓNIMOS: hacen referencia a construcciones artificiales como grupos de casas, iglesias, etc.
El topónimo el Manantial de la Atayuela en Galapagar es un ejemplo de ecotopónimo: Atalayuela es un diminutivo de atalaya, del árabe atala’il’, «los centinelas», «torre hecha comúnmente en lugar alto, para registrar desde ella el campo o el mar y dar aviso de lo que se descubre».
Otro ejemplo sería el Monte Casasola en Chinchón, el cual es un ecotopónimo relacionado con casa, del latín casa, «choza» o «edificio» o «parte de él, en donde habita una familia».

– ODOTOPÓNIMOS: este tipo de topónimos están relacionados con vías de comunicación (vías, caminos, carreteras…)
Por ejemplo, el Pozo de las Cañadillas en Torres de Alameda es un claro ejemplo. Cañadilla es un diminutivo plural de cañada. En este caso se refiere a una «cañada ganadera», un camino por donde transita, preferentemente, el ganado lanar.

– HAGIOTOPÓNIMOS: son aquellos que hacen referencia a nombres de santas y santos. Entre ellos se encuentra en Chinchón la Fuente de San Roque. Fue un santo nacido en Montpellier (siglo XIV), que curaba a los apestados con el símbolo de la cruz. Se cree que el nombre es un germanismo procedente del grito de guerra hroc, rohom, «bramar», «rugir».
Otro hagiotopónimo es la Fuente de San Marcos en Fuenlabrada. Derivada de Marte, antiguo dios romano de la guerra, con el significado de «Consagrado a Marte». Su difusión en el mundo cristiano se debe a que este santo es uno de los cuatro Evangelistas.

-ANTROTOPÓNIMOS: relacionados con nombres de persona o con motes.
También hay muchísimos ejemplos, como pudiera ser la Laguna de Sancha Barca en Parla. Se trata de un nombre y apellido muy eufónico que recuerda al rey de Navarra Sancho Abarca. Sancha es el femenino de Sancho y cuanto a Barca, pudiera ser, según Mateos Carretero, una sincopación de abarca y éste de albarca, manera de referirse al calzado que usaban los campesinos hace un siglo, luego sustituido por las sandalias, hechas de la goma de los automóviles.

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Tras las huellas de la sierra

Los Bandoleros más famosos de la Sierra de Madrid

Escrito hace

6 días

el

22/06/2022
Los bandoleros famosos de la Sierra de Madrid

Guillermo Herrero.- Algunos de los nombres que producían espanto a lo largo de las sendas serranas eran el de Francisco de Villena, más conocido como `Paco el Sastre´; Pablo Santos, el `bandido de La Pedriza´; y, por supuesto, Fernando Delgado Sanz, el `Tuerto Pirón´. Fueron hombres desalmados que asaltaban a los incautos viajeros y vivían refugiados en cuevas o en chozas abandonadas por los pastores de la Sierra.

De algunos, no sólo se han conservado sus fechorías en la tradición oral, sino que se transformaron en leyenda, gracias a la designación que los serranos dieron a algunos topónimos de la zona, sobre todo a formaciones rocosas. Por ejemplo, los asaltos de Juan Plaza, el `misterioso bandolero de El Espinar´, siempre serán recordados por la peña que lleva su nombre, emplazada en la vertiente este del Arroyo Mayor a su paso por el Alto del León.

Desde su apertura en el siglo XVIII, precisamente el Alto del León se convirtió en paso principal hacia Madrid. Su complicada orografía facilitaba el `trabajo´ a los bandoleros de la zona y era, además, refugio de muchos de ellos como de Juan Peña, de quien se dice que habitaba Cueva Valiente. La historia cuenta que esta cavidad tomó su nombre por una derivación de “prueba valiente”: los quintos serranos, conocedores de la existencia de su antiguo dueño, accedían a su interior como rito de paso a la madurez.

Un caso curioso es el de Pablo Santos, apodado `el bandido de la Pedriza´, que era temido no sólo por sus rudas maneras sino por existir testimonios que lo situaban en dos lugares al mismo tiempo, lo que hacía pensar en algún tipo de brujería. Es más que probable que se tratara de una táctica inventada por el propio Santos, aprovechándose de las creencias de los lugareños.

Por la zona serrana y por Las Rozas actuaba otro de los más conocidos, Luis Candelas Cajigal, el bandido madrileño por excelencia del 1800. Actuaba con ferocidad, pero sin delitos de sangre. Era frecuente encontrarse con él y su banda en las tabernas de Madrid y, aunque ninguno era un serrano de pro, son considerados parte de «Los bandoleros del Guadarrama».

Existen testimonios que narran cómo uno de los atracos más famosos de Luis Candelas se produjo en pleno camino de Matas Altas, zona de montes situada entre Las Rozas y Torrelodones, en 1836. Gracias a un chivatazo, Candelas fue conocedor de un ‘suculento’ carromato postal procedente de Valladolid. Mientras esperaba con su banda al carruaje en cuestión, los malhechores no dudaron en asaltar a cuantos transitaron el camino aquel día, incluyendo una valija diplomática. En este maletín, cuyo supuesto dueño sería el embajador francés en España, Armand Augustin Louis de Caulaincourt, se encontrarían papeles comprometedores de nuestro país vecino.

Al regresar a Madrid, el bandolero, haciéndose pasar por el noble ‘Luis Álvarez de Cobos’, habría actuado como intermediario entre el desdichado político y la banda, recibiendo en compensación dinero y una condecoración.

El final de la mayoría de bandoleros era trágico, pues solían perecer en un asalto o eran traicionados por sus cómplices. Un ejemplo típico, es la fábula de Francisco de Villena, “Paco el Sastre”, protagonista de “El Cancho de los muertos”. El que fuera compinche del famoso bandido madrileño Luis Candelas, formó su propia banda en La Pedriza. Juntos, secuestraron a una joven rica de la capital que sufrió abusos por parte de otros miembros de la banda en su ausencia.

“Paco el Sastre” los condenó a una “muerte por despeño” y lanzó al vacío al primero de ellos. Sin embargo, el segundo se resistió y, agarrando su pierna, provocó la caída de ambos. La leyenda dice que en las noches de luna llena todavía se pueden ver todavía sus cuerpos al pie del cancho.

 

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Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: Los Aguadores de Madrid

Escrito hace

2 semanas

el

15/06/2022
Aguadores de Madrid

 Guillermo Herrero – Durante la época árabe la capital y la mayoría de los pueblos de la Comunidad de Madrid contaban con un buen suministro de agua gracias los ingenios técnicos. Sin embargo, el suministro no llegaba a todos los hogares madrileños como ocurre en la actualidad. Por esta razón, durante más de cuatro siglos (del XV a principios del XX), existió la figura del aguador o aguatero, que fue fundamental en casi todas las poblaciones, y que conocemos en esta nueva entrega de Tras las Huellas de la Sierra.

Los azacanes, moros o mozárabes fueron los pioneros en este sentido, ya que portaban el agua valiéndose de una caballería o un carro cargado de grandes cántaros o vasijas de hasta 10 litros con los que ir repartiendo el valioso líquido desde las fuentes municipales.

Esta labor ya fue descrita en la normativa del Concejo de la Villa en 1501, cuando se advierte al gremio que “no vayan corriendo con los asnos, porque acaece topar e derribar muchas personas e hazer muchos daños, so pena destar diez días en la cadena”. Esto da una idea de cómo se comportaban por aquel entonces.

Más adelante Felipe II contribuyó a la regularización del gremio, estableciendo una medida que limitaba los cántaros de transporte a tan solo cinco azumbres (1 azumbre = 2,05 litros) de capacidad. Los alfareros de Alcorcón eran los responsables de ajustarse a dicho volumen, además de grabar en los recipientes un sello especial para evitar las falsificaciones.

En el siglo XVII la normativa se encargó de ordenar aún más a los aguadores madrileños, asignándoles fuentes públicas determinadas según el servicio que fuera necesario prestar. Esta tendencia continuó en el siglo siguiente, quizás en el período de mayor apogeo de la profesión: para poder desempeñar el oficio, era necesaria una licencia que concedían los corregidores de la villa o los alcaldes constitucionales, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual.

Puede llegar a sorprender la extensa reglamentación que aplicaba al gremio en el siglo XIX. Por ejemplo, el reglamento de los aguadores de 1874, un documento de 32 páginas y 38 artículos recogía los requisitos y funciones del aguador en el que se detalla cómo solicitar entrar en la profesión, las fuentes concretas en las que actuar, las obligaciones como aguador e incluso la forma en la que distribuir el agua.

Por aquel entonces existían tres tipos de aguadores:

Los “chirriones”: transportaban el agua en una o varias cubas, sobre carros tirados por mulas o asnos.
Los tradicionales, “cantareros de azacán”: contaban con uno o más burros para cargar entre 4 y 6 cántaras de agua.

El tercer tipo eran los que llevaban el cántaro al hombro y podían ir con él a los hogares.

A ellos se suman los vendedores ambulantes, en muchos casos niños o mujeres que voceaban su mercancía por las calles y que se hicieron especialmente populares en las procesiones religiosas y actos públicos.

Como curiosidad estaban obligados a acudir a los incendios con una cuba de agua, so pena de una multa de 10 ducados la primera vez y retirada de la licencia en la segunda.

Cada aguador tenía que llevar en el ojal de su chaqueta o chaleco una placa de latón con su número, su nombre y el de la fuente asignada. Además, en el siglo XIX el Ayuntamiento diseñó su propio uniforme, consistente en una chaqueta oscura con doble fila de botones dorados, chaleco rojo y pantalón, botines y una gorra de fieltro que era obligatoria.

Dado que el oficio de aguador exigía una gran fuerza física para cargar las cubas, los profesionales solían trabajar en un corto espacio de tiempo, generalmente unos 3 años, para después volver a sus pueblos a descansar otros 2 o 3 años y retomar el oficio después. También hubo mujeres aguadoras, aunque de forma excepcional.

Por último, si algo caracterizó a los aguadores fueron las peleas y enfrentamientos constantes entre ellos, con los vecinos y con el ejército. La causa siempre era el agua, de un modo u otro, y la reinante picaresca de Madrid tampoco ayudaba a la venta pacífica del recurso. La figura del aguador aparece en escritos de Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina; o cuadros como algunos de Velázquez o Goya posteriormente, y en ocasiones se reflejan estas rencillas.

Con la construcción del Canal de Isabel II, llegó también el ocaso de los aguadores. Si bien aguantaron hasta los años 60-70 del pasado siglo, no fue más que de forma anecdótica en un esfuerzo de mantener la tradición.

 

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