logo onda cero

ESCÚCHANOS ONLINE

Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: Topónimos de Madrid que no son lo que parecen

Escrito hace

4 meses

el

Rivas-Vaciamadrid

Junto a Vaciamadrid se han encontrado restos de un hábitat carpetano de la Edad del Hierro, de los siglos IV y III a.C. En Casa Eulogio se han hallado restos romanos. Rivas-Vaciamadrid es la unión de dos antiguos pueblos.

– Rivas de Jarama: Fue poblada por un segoviano llamado Guillermo, antes de 1136. Se menciona como Ribas en el Fuero de Madrid (1202). Se debería escribir Ribas, ya que deriva del latín ripa «ribera, zona aledaña a un río o arroyo» pero en la Edad Media se utilizaba más bien con el significado de «cerro». Está precisamente en unos cerros desde los que se domina toda la vega del río Jarama, aunque el topónimo se originó concretamente en la zona del Monasterio del Cristo de Rivas.

– Vaciamadrid: Se menciona con el nombre actual a finales del s. XV. EI pueblo de Vaciamadrid estaba junto al río Manzanares, 975 metros al suroeste del núcleo actual. El nombre de la Villa de Madrid se debe a que estaba junto a la madre o madrid del río Manzanares, que era el cauce del río. Por lo tanto, es evidente que Vaciamadrid es «el lugar donde la madrid del río Manzanares se vacía para verter sus aguas en el río Jarama».

Vallecas

Hubo un poblado en el Cerro de la Gavia durante la II Edad del Hierro, que perduró hasta finales del s. I d.C. Se menciona ya como Balecas en el Fuero de Madrid de 1202. En 1427 ya era Vallecas.

La tradición dice que era «el valle de un moro llamado Kas», lo que ha motivado que se haya puesto de moda escribir Vallekas, con k, para reivindicar una identidad vallecana radical e izquierdista.

Pero la realidad parece ser mucho más simple: en castellano antiguo val tenía género femenino, por lo que al añadirse a esta palabra al sufijo diminutivo -ico, que hoy se conserva todavía en Aragón, quedó Vallicas. A partir de ahí se produjo la transformación de la i en e. Es decir, que Vallecas equivale Vallicos, «valles pequeños».

Vicálvaro

Se menciona ya como Vicalvaro en 1427. Generalmente se deriva a partir de un hipotético vicus albus, «lugar blanco». Sin embargo, no se puede olvidar que el nombre actual no es Vicalbo, sino Vicálvaro.

Más acertado estuvo Madoz (1845) cuando se preguntaba: «¿indicará el nombre de este lugar haber sido en su origen de señorío particular, como si dijera Vico de Álvaro?. Al menos atinaba en la segunda parte. Lo cierto es que el comienzo de la palabra, Vic-, es muy frecuente en toponimia, y casi siempre deriva de otro nombre medieval de varón: Ovieco. Por lo tanto, Vicálvaro sería simplemente el nombre de su repoblador medieval: Ovieco Álvaro, es decir, «Ovieco, el hijo de Álvaro».

El nombre Ovieco aparece, por ejemplo, en Villovieco -villa de Ovieco- (Palencia), en los abulenses Vicolozano -de Ovieco Loçano (1250)-, Valdevieco, valle de Ovieco-, Sanchivieco -Sancho Ovieco- y río Ovieco y en el despoblado de Gómez Obieco, en San Boal (Segovia).

Aravaca

Se menciona con el nombre actual ya en 1427. La fantasía hizo a sus vecinos responder en tiempos de Felipe II que «se llama Aravaca, e que la causa porque ansí se llamó, según oyeron decir sus antepasados, fue porque un hombre, el primero que fundó dicho lugar, se llamó Aravaca, e que se pusieron aquel nombre porque arando con una vaca, no quería e no podía arar e decía ¡Ara, vaca!, y quedóse con el nombre de Aravaca…”

Ara en vasco-ibérico es «valle», la segunda parte Val parece que también se refiera a lo mismo. Es muy frecuente que se den topónimos redundantes del tipo del Alto del Otero, el Valle de Arán, el río Aravalle (Ávila).

Por lo tanto Aravaca podría derivar de Ara Val Cea, es decir, «el valle de Cea». Cea sería una forma del nombre de persona Ceia o Keia, atestiguado en la documentación medieval de ás de un monasterio. Este nombre formó también Foncea (La Rioja), «fuente de Ceia».

Hortaleza

Fue un pueblo independiente, aunque hoy es barrio de Madrid. A pesar de lo que muchos piensan, no deriva de huerta, sino que deriva de Fortaleza, por alguna fortificación.

La toponimia castellana está llena de construcciones militares, como Alcalá, Calata… o Torre, Torrejón, Atalaya, Espeja, etc. Su fundación no parece medieval, sino mucho más tardía. Así, los vecinos contestaron en 1576 a las Relaciones Topográficas de Felipe II que «es lugar nuevo porque así lo han oído decir y decían sus antepasados».

¿Te gusta este contenido?, ¡compártelo!

Tras las huellas de la sierra

Los Bandoleros más famosos de la Sierra de Madrid

Escrito hace

1 semana

el

22/06/2022
Los bandoleros famosos de la Sierra de Madrid

Guillermo Herrero.- Algunos de los nombres que producían espanto a lo largo de las sendas serranas eran el de Francisco de Villena, más conocido como `Paco el Sastre´; Pablo Santos, el `bandido de La Pedriza´; y, por supuesto, Fernando Delgado Sanz, el `Tuerto Pirón´. Fueron hombres desalmados que asaltaban a los incautos viajeros y vivían refugiados en cuevas o en chozas abandonadas por los pastores de la Sierra.

De algunos, no sólo se han conservado sus fechorías en la tradición oral, sino que se transformaron en leyenda, gracias a la designación que los serranos dieron a algunos topónimos de la zona, sobre todo a formaciones rocosas. Por ejemplo, los asaltos de Juan Plaza, el `misterioso bandolero de El Espinar´, siempre serán recordados por la peña que lleva su nombre, emplazada en la vertiente este del Arroyo Mayor a su paso por el Alto del León.

Desde su apertura en el siglo XVIII, precisamente el Alto del León se convirtió en paso principal hacia Madrid. Su complicada orografía facilitaba el `trabajo´ a los bandoleros de la zona y era, además, refugio de muchos de ellos como de Juan Peña, de quien se dice que habitaba Cueva Valiente. La historia cuenta que esta cavidad tomó su nombre por una derivación de “prueba valiente”: los quintos serranos, conocedores de la existencia de su antiguo dueño, accedían a su interior como rito de paso a la madurez.

Un caso curioso es el de Pablo Santos, apodado `el bandido de la Pedriza´, que era temido no sólo por sus rudas maneras sino por existir testimonios que lo situaban en dos lugares al mismo tiempo, lo que hacía pensar en algún tipo de brujería. Es más que probable que se tratara de una táctica inventada por el propio Santos, aprovechándose de las creencias de los lugareños.

Por la zona serrana y por Las Rozas actuaba otro de los más conocidos, Luis Candelas Cajigal, el bandido madrileño por excelencia del 1800. Actuaba con ferocidad, pero sin delitos de sangre. Era frecuente encontrarse con él y su banda en las tabernas de Madrid y, aunque ninguno era un serrano de pro, son considerados parte de «Los bandoleros del Guadarrama».

Existen testimonios que narran cómo uno de los atracos más famosos de Luis Candelas se produjo en pleno camino de Matas Altas, zona de montes situada entre Las Rozas y Torrelodones, en 1836. Gracias a un chivatazo, Candelas fue conocedor de un ‘suculento’ carromato postal procedente de Valladolid. Mientras esperaba con su banda al carruaje en cuestión, los malhechores no dudaron en asaltar a cuantos transitaron el camino aquel día, incluyendo una valija diplomática. En este maletín, cuyo supuesto dueño sería el embajador francés en España, Armand Augustin Louis de Caulaincourt, se encontrarían papeles comprometedores de nuestro país vecino.

Al regresar a Madrid, el bandolero, haciéndose pasar por el noble ‘Luis Álvarez de Cobos’, habría actuado como intermediario entre el desdichado político y la banda, recibiendo en compensación dinero y una condecoración.

El final de la mayoría de bandoleros era trágico, pues solían perecer en un asalto o eran traicionados por sus cómplices. Un ejemplo típico, es la fábula de Francisco de Villena, “Paco el Sastre”, protagonista de “El Cancho de los muertos”. El que fuera compinche del famoso bandido madrileño Luis Candelas, formó su propia banda en La Pedriza. Juntos, secuestraron a una joven rica de la capital que sufrió abusos por parte de otros miembros de la banda en su ausencia.

“Paco el Sastre” los condenó a una “muerte por despeño” y lanzó al vacío al primero de ellos. Sin embargo, el segundo se resistió y, agarrando su pierna, provocó la caída de ambos. La leyenda dice que en las noches de luna llena todavía se pueden ver todavía sus cuerpos al pie del cancho.

 

¿Te gusta este contenido?, ¡compártelo!
Continuar leyendo

Tras las huellas de la sierra

Tras las Huellas de la Sierra: Los Aguadores de Madrid

Escrito hace

2 semanas

el

15/06/2022
Aguadores de Madrid

 Guillermo Herrero – Durante la época árabe la capital y la mayoría de los pueblos de la Comunidad de Madrid contaban con un buen suministro de agua gracias los ingenios técnicos. Sin embargo, el suministro no llegaba a todos los hogares madrileños como ocurre en la actualidad. Por esta razón, durante más de cuatro siglos (del XV a principios del XX), existió la figura del aguador o aguatero, que fue fundamental en casi todas las poblaciones, y que conocemos en esta nueva entrega de Tras las Huellas de la Sierra.

Los azacanes, moros o mozárabes fueron los pioneros en este sentido, ya que portaban el agua valiéndose de una caballería o un carro cargado de grandes cántaros o vasijas de hasta 10 litros con los que ir repartiendo el valioso líquido desde las fuentes municipales.

Esta labor ya fue descrita en la normativa del Concejo de la Villa en 1501, cuando se advierte al gremio que “no vayan corriendo con los asnos, porque acaece topar e derribar muchas personas e hazer muchos daños, so pena destar diez días en la cadena”. Esto da una idea de cómo se comportaban por aquel entonces.

Más adelante Felipe II contribuyó a la regularización del gremio, estableciendo una medida que limitaba los cántaros de transporte a tan solo cinco azumbres (1 azumbre = 2,05 litros) de capacidad. Los alfareros de Alcorcón eran los responsables de ajustarse a dicho volumen, además de grabar en los recipientes un sello especial para evitar las falsificaciones.

En el siglo XVII la normativa se encargó de ordenar aún más a los aguadores madrileños, asignándoles fuentes públicas determinadas según el servicio que fuera necesario prestar. Esta tendencia continuó en el siglo siguiente, quizás en el período de mayor apogeo de la profesión: para poder desempeñar el oficio, era necesaria una licencia que concedían los corregidores de la villa o los alcaldes constitucionales, y por la que había que pagar 50 reales más 20 por la renovación anual.

Puede llegar a sorprender la extensa reglamentación que aplicaba al gremio en el siglo XIX. Por ejemplo, el reglamento de los aguadores de 1874, un documento de 32 páginas y 38 artículos recogía los requisitos y funciones del aguador en el que se detalla cómo solicitar entrar en la profesión, las fuentes concretas en las que actuar, las obligaciones como aguador e incluso la forma en la que distribuir el agua.

Por aquel entonces existían tres tipos de aguadores:

Los “chirriones”: transportaban el agua en una o varias cubas, sobre carros tirados por mulas o asnos.
Los tradicionales, “cantareros de azacán”: contaban con uno o más burros para cargar entre 4 y 6 cántaras de agua.

El tercer tipo eran los que llevaban el cántaro al hombro y podían ir con él a los hogares.

A ellos se suman los vendedores ambulantes, en muchos casos niños o mujeres que voceaban su mercancía por las calles y que se hicieron especialmente populares en las procesiones religiosas y actos públicos.

Como curiosidad estaban obligados a acudir a los incendios con una cuba de agua, so pena de una multa de 10 ducados la primera vez y retirada de la licencia en la segunda.

Cada aguador tenía que llevar en el ojal de su chaqueta o chaleco una placa de latón con su número, su nombre y el de la fuente asignada. Además, en el siglo XIX el Ayuntamiento diseñó su propio uniforme, consistente en una chaqueta oscura con doble fila de botones dorados, chaleco rojo y pantalón, botines y una gorra de fieltro que era obligatoria.

Dado que el oficio de aguador exigía una gran fuerza física para cargar las cubas, los profesionales solían trabajar en un corto espacio de tiempo, generalmente unos 3 años, para después volver a sus pueblos a descansar otros 2 o 3 años y retomar el oficio después. También hubo mujeres aguadoras, aunque de forma excepcional.

Por último, si algo caracterizó a los aguadores fueron las peleas y enfrentamientos constantes entre ellos, con los vecinos y con el ejército. La causa siempre era el agua, de un modo u otro, y la reinante picaresca de Madrid tampoco ayudaba a la venta pacífica del recurso. La figura del aguador aparece en escritos de Cervantes, Lope de Vega o Tirso de Molina; o cuadros como algunos de Velázquez o Goya posteriormente, y en ocasiones se reflejan estas rencillas.

Con la construcción del Canal de Isabel II, llegó también el ocaso de los aguadores. Si bien aguantaron hasta los años 60-70 del pasado siglo, no fue más que de forma anecdótica en un esfuerzo de mantener la tradición.

 

¿Te gusta este contenido?, ¡compártelo!
Continuar leyendo