Tras las Huellas de la Sierra: El trabajo del esquilador en los pueblos madrileños

Guillermo Herrero, responsable de www.toponimos.es.- Durante los últimos dos siglos, los habitantes de los pueblos del norte de Madrid han vivido mayoritariamente de la agricultura y la ganadería, además de algunas otras ocupaciones, como los arrieros, gabarreros, los los tejedores, y algunos oficios particulares, con los que poder sacar la familia adelante.

Hoy vamos a hablar del esquileo y su entorno. Hacia finales de la primavera de cada año se realizaba el esquileo de las ovejas, que solía estar acompañada de una gran celebración en los pueblos, pues traía a casa el beneficio económico de la lana, y la tranquilidad de que las ovejas, una vez esquiladas y empegadas, irían mucho más descansadas y frescas con sus corderos de la invernada.

Empegarlas consistía en marcarlas con la pez, o brea, en la parte alta de su lomo con una señal o con las iniciales de cada pastor. Había varias cuadrillas competían noblemente por ver quién lo hacía mejor y más rápido. El trabajo se hacía en un pajar o en los corrales si el tiempo era bueno. Trabajo duro el de estos hombres.

Dos de ellos se encargaban atar las ovejas de tres de sus patas, y una vez trabada la oveja permanecía indefensa en el suelo, el esquilador se acercaba a ella y completamente encorvado, empezaba la tarea con unas tijeras de unos 24 centímetros de largo y, más o menos, 300 gramos de peso. Los esquiladores apenas se distraían, mientras el vellón iba creciendo como una nube. Pero también iba creciendo el dolor que les subía desde los riñones hasta el cuello, donde un pañuelo anudado servía para limpiar el sudor.

Los mejores llegaban a esquilar algunos más de cuarenta al día. Y con el cuidado y esmero de no cortar a la oveja, ni de que le quedaran trasquilones. Si algún esquilador cortaba sin querer al animal, con voz potente decía: «¡Moreno!» e inmediatamente un niño de la familia respondía: «¡Moreno va!» y sacando de una lata el «moreno», depositaba un pellizquito de ese polvo negro en la herida producida. Así las ovejas quedaban libres de la gusanera. El moreno era mínimas virutillas recogidas en el horno de la fragua desprendidas de machacar las rejas.

Como anécdota, decir que si alguien de fuera acudía al rancho donde esquilaban, el saludo era «¡Ave María Purísima!» al que todos contestaban «¡Sin pecado concebida!».
Mientras esquilaban se cantaba la preciosa Salve de los Esquiladores a la vez que el dueño de las ovejas recogía el vellón sin dejar una preciada vedija de la lana en el suelo.

El capataz de la cuadrilla anteriormente había concertado con el dueño el sueldo de los compañeros, que podía ser a seco (sin comida) o a «mojao» (que llevaba comida incluida.)
Si era a «mojao» la comida era todo un acontecimiento. Muchas ocasiones se hacía un cocido con todos sus ingredientes. Otras veces el plato eran patatas con abundante carne. Y en otras podía ser un cordero asado. Pero lo que no faltaba nunca era un buen vino escanciado de un pellejo, que hacía hablar al más prudente y silenciaba al más hablador. De postre no podía faltar el arroz con leche o las torrijas en abundancia. Todo ello servido y tomado con buen humor.

Despues de comer, a volver al tajo, terminar la tarea y soltar un rato el ganado para que pudieran estirar las patas y comer, ya que había pasado el día esperando su turno para que las quitaran su abrigo. En 1902 según el libro de caja de los esquiladores, la cuadrilla de esquiladores de Montejo, esquiló en Buitrago catorce mil cabezas, y tocó a cada esquilador de jornal diario dos pesetas con veinte céntimos. En la actualidad las esquilan a máquina, personas de fuera. Muy deprisa, no hay «moreno», no hay comida comunal, casi no se recoge lana, no se canta la Salve, apenas hay ovejas. Por lo mismo, el esquileo no se celebra como entonces. Los que lo vivieron lo añoran y por eso hoy aquí lo recordamos.