Tras las Huellas de la Sierra: Los nombres del campo en los municipios de la Sierra Norte de Madrid
Este miércoles, en Onda Cero Madrid Norte (100.1fm) hemos tenido una nueva cita con las curiosidades sobre el origen de los municipios de la Comunidad de Madrid de la mano de nuestro experto en topónimos, Guillermo Herrero.
Como vemos habitualmente en esta sección, detrás de cada nombre de pueblo, cerro o valle en la Sierra Norte de Madrid se esconde una historia que habla de esa tierra, de su forma, de su uso, del trabajo y de quienes la habitaron durante siglos. Es lo que se conoce como toponimia. Muchos de esos nombres no son fruto del azar: nacen de la relación directa entre el los vecinos que habitaros estos pueblos y el paisaje, de la ganadería, la agricultura y las faenas típicas del campo.
El Berrueco
Uno de los casos en los que se aprecia esta conexión es el de El Berrueco, cuyo nombre proviene del término berrueco, una palabra de origen prerromano, probablemente de raíz celta o íbera, que llegó al castellano a través del latín vulgar. Designa a las grandes masas graníticas, redondeadas y aisladas, tan características del paisaje serrano madrileño. Estas formaciones rocosas no solo dieron nombre al lugar, sino que definieron su historia económica. En un terreno difícil para el cultivo intensivo, los habitantes de El Berrueco desarrollaron una economía ganadera adaptada al entorno: construyeron majadas entre los canchos, abrieron caminos para la trashumancia y aprovecharon las zonas de pasto entre las rocas. Hoy, el pueblo conserva ese vínculo con la piedra y el ganado, y en sus senderos aún se pueden rastrear los ecos de ese pasado pastoril.
Braojos
Otro nombre con fuerte relación con el trabajo de campo es Braojos, que viene del término prerromano brau o braojal, que significa “terreno húmedo donde abunda la hierba”. No es casualidad que Braojos, situado en un altiplano de la Sierra, fuese tradicionalmente un pueblo de pastores y agricultores, donde la humedad del suelo permitía el crecimiento de pastos naturales ideales para el ganado.
Garganta de los Montes
Garganta de los Montes también tiene una raíz vinculada al uso ganadero del territorio. La palabra “garganta” hace alusión a un paso estrecho entre montañas por donde bajan aguas, pero también era un punto estratégico para guiar al ganado a través de los puertos de montaña. Aún hoy se conservan cordeles y veredas que servían para la trashumancia, actividad que todavía forma parte del calendario cultural de la zona.
La Cabrera
En La Cabrera, el nombre tiene origen en el latín capraria, es decir, “lugar de cabras”. Este topónimo lo dice todo: las cabras, ágiles y adaptadas al terreno rocoso, fueron el ganado predominante en esta zona. Los habitantes se especializaron en productos derivados como el queso y la lana, y muchas familias vivieron de este oficio hasta bien entrado el siglo XX. La figura del cabrero, con su cayado y su rebaño, forma parte de la historia de este municipio.
Prádena del Rincón
Y no podemos olvidarnos de Prádena del Rincón, donde prado hace referencia directa a los pastizales que rodean el núcleo urbano. Este tipo de toponimia es común en toda la Sierra, reflejo de la importancia de los espacios abiertos para la alimentación del ganado. Prádena era conocida por sus frescos prados y sus huertas, que aún hoy se pueden ver si uno pasea por sus alrededores.
Por lo tanto, estos nombres, y muchos otros que salpican la cartografía del norte madrileño, son pequeñas cápsulas de memoria. Nos recuerdan que antes de que llegara el turismo o el asfalto, el ritmo de los pueblos lo marcaban la siega, el ordeño y la trashumancia. La toponimia es, en este sentido, una forma de archivo de memoria vivo: dice quiénes fuimos y cómo vivimos en nuestros orígenes.